By Ana Cristina Henríquez
112 pages
Sep. 9, 2019
ANA CRISTINA HENRÍQUEZ escribió LAS PUERTAS DEL SUEÑO a una edad relativamente temprana, entre los 26 y los 32 años, y después lo dejó al azar de los olvidos durante unos treinta años. Ambos datos resultan sorprendentes. El primero, por la madurez y originalidad de una poesía escrita en plena juventud. El segundo, por el abandono a su suerte de unos poemas de tan inesperada calidad. Pero aquí están, en LAS PUERTAS DEL SUEÑO, un poemario extraño; lo es en el sentido de inusual, singular, distinto en relación con la poesía que se viene escribiendo en Venezuela. Su lenguaje preciso y a la vez abierto, directo y también desbordado; su dramatismo intensamente silencioso; su capacidad para anular las fronteras que nos suele imponer la temporalidad y el espacio (el aquí / hoy pero también más allá y ayer, o ubicuo y mañana, eterno y fugaz); así mismo la presencia de personajes definidos y brumosos, de atmósferas de sombras, silencios y vacío, también de plenitudes; y las voces que surgen, retumban asordinadas en todas las paredes del poema, vibran en fantasmagorías y espíritus, en lugares plenos y centros del vacío, del ocaso, del amanecer, de la noche. Todos estos trazos urden un denso tapiz que inevitablemente nos recuerdan la narrativa rulfiana, neblinosa y a la vez carnal, del más allá y a la vez del aquí y del más acá, de muerte y amor, de diálogo e imprecación, de asentimiento y de interpelación; también la gótica con sus criaturas deformes, a veces la dimensión del misterio, el enigma, y hasta de la espectralidad. No es gratuita la reminiscencia de dicho ámbito: Ana Cristina Henríquez emplea con enorme ductilidad y finura tanto la prosodia lírica como la descriptiva y la narrativa, desarrolla poéticamente historias, gracias a lo cual crea una engañosa sensación de accesibilidad, de poema evidente, cuando de verdad este libro encubre mucho más de lo que presenta, de allí que en su título el vocablo puertas sea un pista que no podemos desdeñar. Todos sus poemas son puertas que, si somos capaces de dar con las llaves necesarias y las abrimos, nos sumergen en esa suerte de cosmología oscura (para aclararla) de las cavernas interiores (para que afloren) por donde merodean las pasiones y sentimentalidades arcaicas (para revivirlas y vivirlas). De allí, digo, esa sensación de extrañeza, en el sentido de original, que nos provoca ya a primera vista el encuentro con los entramados que se modulan en estos poemas. Poesía, digo otra vez, lacónica, austera; discreta, murmurada, susurrada, aquí y allá casi sollozada; que sondea, se sumerge, excava, descubre en el viento, en las aguas, en las rosas y las tumbas, en el suicidio y la vida, en el amor, la memoria, en el olvido, la sordidez y la celebración, en la elegía y la fiesta, en las ausencias y los encuentros y reencuentros.Se puede aventurar que estamos en presencia de una poesía elementalmente vital. Elemental porque todos los suyos son los elementos esenciales (agua, tierra, aire, viento, lluvia, sueño...), y vital porque son ellos los que sacuden la vida en estos poemas cuyo escenario más persistente es la muerte, sencillamente y paradójicamente, porque están a rebosar de vida, donde muerte y vida no son ni contradicciones ni opuestos, sino la sincronía de nuestra unidad en el tiempo (el tiempo es el espacio del hombre, así escribió Marx, el joven). JOAQUIN MARTA SOSA